
LA NATURALEZA RUGE Y LOS MONSTRUOS APARECEN
Pero como si el fuego y los fierros retorcidos no fueran suficiente castigo, la madre naturaleza también reclamó lo suyo, mostrándonos lo chiquitos que somos. En una imagen que parece sacada del mismísimo fin del mundo, el suelo se abrió literalmente en dos. Una grieta gigantesca, una herida profunda en la tierra, partió una comunidad entera, dejando casas humildes al borde del abismo y a la gente corriendo aterrorizada por sus vidas, mirando cómo su patrimonio se lo tragaba la tierra. Y para acabarla de amolar, como si nos estuvieran cobrando una factura pendiente, los mapas satelitales muestran un huracán monstruoso, con un ojo perfecto y destructor, amenazando con borrar del mapa lo poco que queda en pie en las costas.
Y en medio del caos, la locura humana y los enigmas médicos que desafían a la ciencia y a la cordura. Los hospitales reportaron casos que uno nomás no se explica. ¿Qué tiene que pasar por la cabeza de un hombre para tragarse una cadena entera de metal? Así como lo oyen, raza. Los doctores no daban crédito al ver la radiografía: una cadena de eslabones gruesos alojada en el estómago y esófago de un sujeto que llegó de urgencia. Tuvieron que sacársela en una maniobra que ni Harry Houdini.
Igual de impactante, aunque más triste, son las radiografías que muestran el dolor humano en su máxima expresión: piernas hechas pedazos, huesos sostenidos solo por clavos, placas y tornillos, evidencia de la violencia de los impactos que mandaron a tanta gente al hospital… o al panteón. Y en el campo, el misterio del “cerdo fisicoculturista”, un animal con una musculatura tan grotesca y desproporcionada que parece inyectado con esteroides, causando pánico y asombro entre los rancheros.
Aquí es donde a uno le hierve la sangre de verdad, parientes. Porque mientras el país se nos cae a pedazos, mientras las madres lloran a sus hijos desaparecidos y el luto envuelve a miles de hogares, el circo de la vanidad y la frivolidad sigue su función a todo volumen en las redes sociales y en las calles.
Ahí tienen a las “influencers” y a las que se creen modelos, aprovechando cualquier espejo para presumir las curvas y buscar el “like” fácil. Una morra en un conjunto rosa ajustado se toma la selfie en su cuarto “gamer”, con una silla rosa y el descarado letrero de “Más VideeOs aca” con una flecha hacia abajo. ¡No tienen madre! O la maestra (¿o será edecán?) en vestido verde corto y escotado que parece que va al antro en lugar de dar clases, bailando y haciendo señas frente al pizarrón escolar.
La polémica también estalló en las escuelas, donde parece que ahora hay competencia entre las mamás por ver quién lleva el “outfit” más provocativo a la hora de la entrada y salida. Desde la señora con el vestido blanco entallado y tacones que parece que va a una boda, hasta la que va en ropa deportiva gris súper ajustada que no deja nada a la imaginación mientras recoge a su bendición, ignorando el peligro. Se armó el debate nacional en el “feis”: ¿Libertad de expresión o falta de respeto en un país que se desmorona y donde el pudor se ha perdido?
Y el contraste, el maldito contraste que nos cachetea la cara todos los días. Mientras ellas se preocupan por los filtros y los seguidores, en el México profundo, en ese que muchos no quieren ver, un niño —un verdadero héroe sin capa— carga un huacal de verduras más grande y pesado que él mismo. Con sus botitas de hule para el lodo y su pequeña mochila de Spider-Man, ese chavito se parte el lomo desde que sale el sol para llevar unos pesos a su casa, arriesgando su niñez y su salud. Esa es la realidad que duele, la que no sale en TikTok ni tiene filtros bonitos. Es la misma realidad de la mujer indígena que, sentada en la banqueta, pide una moneda con la mirada perdida, cargando a sus dos bebés en el rebozo, invisibles para los que pasan en sus camionetones.
CRIMEN, CASTIGO Y EL DOLOR DE LOS MÁS INOCENTES
La nota roja no descansa, nunca duerme. Las autoridades, rebasadas como siempre, reportaron la detención de varias fichitas este fin de semana. Desde la banda de malandros que cayeron con las manos en la masa y fueron presentados con todo y lo robado (celulares, laptops), hasta los tipos de la mirada fría y desafiante fichados por la policía en diferentes operativos, algunos incluso posando con armas largas. Pero la justicia a veces llega tarde, o no llega.
En un paraje solitario, en un camino de terracería, encontraron el cuerpo de un hombre tirado boca abajo en la tierra, con un tatuaje tribal en el brazo, víctima de quién sabe qué ajuste de cuentas, riña o destino fatal. Otro hombre, ya mayor, un abuelito con barba blanca y su bastón al lado, quedó tendido en la banqueta, con la ropa sucia, olvidado por todos, una “identidad olvidada” más que termina en la fosa común.
Pero lo que más nos rompe el alma, lo que nos hace perder la fe en la humanidad, es el sufrimiento de los niños y la irresponsabilidad de los adultos. Una madre desalmada fue atorada por la policía, llevada del brazo por un agente. ¿El motivo? Se descubrió el horror que vivía su propio hijo: el pequeño presentaba lesiones en la piel que parecen quemaduras de cigarro en toda la espalda y torso. ¡Qué poca abuela! ¿Qué clase de monstruo le hace eso a una criatura?
O la tragedia de la pobreza extrema y el descuido. Una bebé fue picada por un ciempiés gigante y venenoso mientras dormía en su humilde cuna, dejando a su madre, una mujer de escasos recursos, ahogada en un mar de lágrimas, mostrando el insecto y a su pequeña inerte con la marca de la picadura. Esto nos recuerda que en este país, la pobreza también es un depredador mortal. Y qué decir de la estupidez de un padre que, por una foto para el “feis”, cuelga a su hijo pequeño del borde de un edificio altísimo, mientras otro niño mira aterrorizado. ¡Cárcel para ese imbécil que juega con la vida de su hijo!.
EL FINAL DEL DÍA: ENTRE REZOS, LUTO Y UNA CERVEZA PARA OLVIDAR
El fin de semana cierra con un sabor amargo, metálico, a sangre y lágrimas. Vemos los carteles de “SE BUSCA” de los niños que salieron a jugar y no regresaron a casa, caritas inocentes que nos interrogan desde el papel, y se nos hace un nudo en la garganta al ver el audio de WhatsApp de una madre, que solo tiene un mensaje de voz de 3 segundos de su hijo desaparecido para aferrarse a la esperanza.
El luto es nacional. Los moños negros inundan los perfiles, acompañando las fotos de hombres jóvenes, mujeres en la flor de la vida, y hasta de niños que se nos adelantaron en el camino, algunos recordados con homenajes como el niño en silla de ruedas que ahora, según la fe de su gente, ya camina en el cielo. Vemos funerales nocturnos en barrios humildes, donde la gente se reúne para despedir a los suyos entre el llanto y la impotencia.
México está herido de muerte, raza. Entre el luto por los que se fueron en el camionazo, la rabia por los niños maltratados, el miedo a la naturaleza y la vergüenza por la indiferencia y la vanidad de muchos, solo nos queda persignarnos. Vemos al borracho que encontró su “hotel” de cinco estrellas dentro de un tambo de plástico azul en la vía pública, y a la chava “darks” que se quedó “dormida” (o algo peor, uno ya no sabe) en un sillón viejo y roto en medio de un basurero en el monte. Son postales de un país que duele.
Prendan una veladora por los que ya no están, y abracen fuerte a los suyos, porque en este México nuestro, uno sale de casa por la mañana a buscar el pan, pero nunca, nunca sabe si va a regresar por la noche. Seguiremos informando, si es que la realidad nos lo permite y no nos lleva la tristeza antes. ¡Qué Dios nos agarre confesados a todos!